Es curioso, pero cuando tengo un buen día no pienso tanto en
ella.
La verdad es que nada en absoluto. Cuando me brilla la voz y
tengo la tripa llena no se me ocurre decir ni pío. Cuando tengo un mal día
hablo con la Muerte constantemente. No del suicidio porque, sinceramente, no es
lo bastante dramático. A la mayoría nos gustan los escenarios, y suicidarse es
la actuación definitiva; y siendo adicta al escenario, el suicidio estaba
descartado desde el principio. Además, la gente se fija y se pone a mirar a ver
qué te sobra y no puedes cruzar las piernas para mostrar ese ángulo tan
seductor del muslo y es muy deprimente.
Así que hablamos.
Dice cosas que no parecen ocurrírsele a nadie, como vamos a
tomarnos un perrito caliente, y entonces parece que nada sea imposible.
Una vez me dijo que en cada uno de nosotros hay parte de
ella, y Muerte me enseñó a aceptarlo, o sea, a llevar mis teclas con orgullo. Y
una vez aceptado eso, me doy cuenta de que Muerte está dentro de mí, en alguna
parte. Era la clase de chica que todas querían ser, desde mi punto de vista
porque sabe aceptar "las cosas". Siempre me recuerda que "las
cosas" cambian, pero que no se puede dar ningún cambio hasta que hayas
aceptado "las cosas".